Ricardo Vila

Compararse: Una Mirada hacia la Insatisfacción.

Compararse con los otros parece haberse vuelto un imperativo cotidiano. Este fenómeno no es el resultado de la falta de amor propio o de un simple error de juicio, es una consecuencia estructural de cómo se constituye el sujeto humano.

Para acercarnos a comprender la insatisfacción que surge al mirarnos en el otro es necesario hurgar en conceptos fundamentales que el psicoanálisis ha estudiado como, el Estadio del Espejo, el Deseo del Otro y el Objeto a.

La identidad, no es algo que nazca con nosotros, se construye. Jacques Lacan nombró al momento de esa construcción «estadio del espejo»,  allí describe como el infante por su prematuración experimenta su cuerpo como algo fragmentado y caótico y al ver su imagen reflejada en el espejo unificada y completa se identifica con esa imagen.

El sujeto se enamora de esa imagen que está fuera de él. Una imagen ideal, por la que el semejante (el otro) se convierte automáticamente en un rival. Si el otro tiene lo que a mi me falta para ser «perfecto», su existencia misma denuncia mi insuficiencia.

La afirmación: «el deseo del hombre es el deseo del Otro» implica que no deseamos objetos de forma natural, instintiva. Deseamos aquello que vemos que el otro desea o aquello que lo hace ser reconocido por los demás.

Al compararnos, no buscamos el objeto que el otro posee (el auto, el viaje, el éxito), sino el lugar de privilegio que ese otro ocupa en el deseo de la cultura o de la sociedad, o sea búscamos reconocimiento.

La comparación revela una creencia intrínseca: el otro está «completo» y nosotros somos los únicos que portamos una falta. Esta es la ilusión neurótica por excelencia: suponer que el otro no sufre, que el otro sí tiene el secreto del goce.

Lo que realmente sostiene la insatisfacción es lo que Lacan denominó el objeto petit a: el objeto causa del deseo. Un objeto, por definición, perdido e inalcanzable.

Compararse es el intento fallido de localizar ese objeto que nos falta en la imagen del semejante. Cometemos un error de cálculo subjetivo: proyectamos nuestro objeto perdido en el otro, pensamos: «Si yo fuera como él, finalmente estaría satisfecho».

El psicoanálisis nos enseña que, incluso si alcanzamos ese ideal, la insatisfacción persistirá, porque el deseo no busca la satisfacción, sino su propia continuidad.

La insatisfacción por comparación no se cura obteniendo lo que el otro tiene, sino atravesando la fantasía de que la «completud» es posible. Desde el psicoanálisis, el camino no es dejar de mirar al otro para «quererse a uno mismo» (lo cual sería volver a caer en el narcisismo del espejo), sino asumir la propia castración: aceptar que nadie, ni nosotros ni el modelo que envidiamos, posee ese objeto último que colmaría la existencia.

Nos liberamos de imperativo que nos obliga a compararnos, cuando dejamos de preguntar en el espejo del otro por aquello que nos falta y empezamos a habitar nuestra propia falta de un modo creativo.

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