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El despertar de los miedos – María Marta Depalma

Cómo nos comunicarnos frente a la pandemia se constituyó en un eje transversal al confinamiento y sus efectos en la subjetividad, propiciado por las paradojas que la palabra implica justamente en su característica esencial que es la ambigüedad.

Comunicarnos en cuarentena nos llevó a contar 40+40+40… inciertos datos que nos remitieron al diálogo virtual como salida del “aislamiento obligatorio”; entonces la pregunta sería: ¿estamos aislados por temor al prójimo o confinados por miedo al virus? ¿La posibilidad del lazo es “legal” o es “legítimo”? En principio parecería que es una necesidad vital…legal y legítima. ¿Qué se escucha con el eslogan “quédate en casa”? ¿Qué experiencia tenemos de eso? “En la actualidad –nos dice Giorgio Agamben- cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que ya no es algo realizable… al hombre contemporáneo se la ha expropiado su experiencia”… El hombre moderno –señala el autor- no necesita una catástrofe para dicha destrucción, basta con la existencia en la gran ciudad. ¿Qué podría traducirse de dicha experiencia como herencia de una generación a la siguiente? La comunicación a través del eslogan despoja de autoridad a la transmisión porque está en falta la garantía de la experiencia ya que ésta no tiene su correlato en el conocimiento sino en la vivencia. Incluso los proverbios han desaparecido de la vida cotidiana porque formaban parte de las vivencias de los hombres en común-unión. Pasamos del “no por mucho madrugar se amanece más temprano” al “Jockey, la pura verdad”… o “Quédate en casa”… ¿Cómo, por qué, cuánto tiempo, para qué? Preguntas sin sentido porque no hay otro que pueda responder.

¿Quiénes eran aislados en una cuarentena? Históricamente se aislaban a los enfermos, éstos estaban advertidos en su cuerpo del peligro mortal; los sanos se ocupaban de asistirlos; es lógico que la incertidumbre en confinamiento –hoy en día- quedara del lado de los sanos; dando cuenta de que la comunicación de un eslogan se acomoda en el entramado social pero no es internalizado y produce consecuencias singulares, inciertas, temibles en algunos casos y fructíferas en quienes tenemos la oportunidad de reflexionar acerca de ello… porque estamos detenidos, retenidos en nuestros hogares sin elección, sin haber atravesado por la experiencia de la autoridad que le imprime una lógica a la subjetividad. Pero no estamos aislados; los encuentros virtuales son testigo de que hay un modo distinto de comunicación que hace posible el lazo pero no lo sabíamos. Fuimos arrojados a descubrirlo. El conflicto en la subjetividad de pronto cambió las coordenadas. Produjo una torsión de “afuera hacia adentro” sobre una Banda de Moebius: la vorágine de la vida cotidiana, la explotación que no sabíamos que hacíamos de nosotros mismos, se detuvo; pasamos de ver “el medio vaso lleno o vacío” –según cada quién- a verlo caído y el agua derramada. ¿El tiempo se detuvo? Ya no corremos para llegar a tiempo, ni corremos el riesgo de la inseguridad en las calles, ni de estar a la moda, ni de las miles y agotadoras actividades recreativas… esa realidad se detuvo. Cambiaron las formas, no pudimos elegir la continuidad de la rutina, no tuvimos tiempo de pensar la transición para luego pasar a la acción porque el miedo a desaparecer en el interior del hogar, el miedo a caerse del sistema y quedarse afuera, estalló en el adentro del sujeto. Así, la sobre-adaptación al “confinamiento obligatorio” sin cuestionar los peligros que conlleva, se erigió en una nueva normalidad: los primeros días los vivimos “activamente” y al mismo tiempo se fueron gestando los primeros velos del miedo producto de una normalidad ficticia, provisoria, eterna, abúlica, acomodaticia, creativa, asimilable, emprendedora y tensa a la vez. Las paradojas en su máxima expresión.

Los modos del lenguaje eran solidarios con la situación mundial: estábamos en casa pero todavía estábamos “afuera” expectantes del horror… El escenario de la muerte estaba en otra parte, más allá de la pantalla; igual que las guerras en otros continentes hasta que llegó a nuestros chicos en Malvinas y entonces sentimos miedo. No se trataba de imaginarse el escenario, la guerra era real. Pero los miedos desaparecieron cuando la guerra terminó, y con excepción de aquellos que tuvieron que velar a sus muertos, lo exterior no torsionó en el interior de la sociedad en general. Los ex combatientes seguían luchando para no quedar en el olvido…

La sobre adaptación de la actualidad propicia cambios en los modos del lenguaje, en lo modos de sentir la vida cotidiana porque el miedo tiene un nombre y es para todos. Se pasó de la actividad inicial y romántica en la convivencia del tiempo eterno a un modo distinto de escuchar y a actuar “lo no dicho”… El encuentro con el otro se tiñó de matices ajenos a él mismo y en lugar de tomar la palabra –como una manera de enlace y límite frente al otro- se actúa la confusión entre la intimidad del espacio interior, con la vida en el espacio interno: lo íntimo se hace público pero queda todo adentro todo el tiempo, sin salida. Los afectos como la frustración, el enojo, la ira, la indiferencia, el agobio y la agresividad comienzan a entrar en diálogo con la sinceridad, -cuando no el sincericidio- la creatividad, las ilusiones hechas y deshechas mientras van delineando las diferentes caras del miedo. ¿Miedo a qué? ¿a morir, a implosionar, a estallar? ¿O tal vez a que nada cambie el día después? ¿a perpetuar el sueño eterno de una vida sin elecciones?

El cansancio por la explotación de uno mismo viró en agobio por el desasimiento de los sueños elegidos; por la vida social que le daba oxígeno al “paraíso endogámico”. Como el mito del eterno retorno, el vientre materno nos perpetúa en una niñez sin cortes e incierta porque ya supimos que los reyes magos son los padres –lo que no perdonamos es que nos anoticien de ello. Entonces ¿qué despertó a los miedos? ¿El encierro para no morir o el miedo a morir en vida sin haber tomado ningún riesgo? El miedo al Covid empujó al encierro: toda nuestras actividades se detuvieron, junto con “eso” que llamábamos nuestra vida. Pero el tiempo no se detuvo y la muerte tampoco; así despertaron los fantasmas del Averno –que todos habitamos más o menos anestesiados- y que cada quién se atrevió a interrogar – con más o menos coraje pero siempre de la mano de los miedos.

La muerte nace con el ser humano. Es una instancia de la vida biológica. La única situación vital que nos diferencia de la especie animal es que el homo sapiens “sabe” que la muerte es el único destino del hombre. Ese destino mortal es justamente lo que hace que tengamos el deseo de vivir: porque sabemos que no somos eternos, que podemos morir en cualquier momento, no sólo de viejitos, es que salimos a la vida y tomamos el riesgo de enamorarnos, de sufrir, de estar tristes y de estar alegres: atravesamos la experiencia del encuentro con la vivencia.

La pandemia nos enfrentó a una realidad que estaba velada por la singularidad de cada quien: nuestros modos de vivir nos alejaban la certeza de la muerte: subyacente al malestar en la cultura, los deportes, paseos, encuentros con amigos, festejos y viajes hoy están prohibidos. ¿Será la única posibilidad que nos queda un camino de ida en línea recta hacia la muerte? ¿O será que estar conscientes nos permitirá elegir qué riesgos estamos dispuestos a tomar para honrar la vida y el camino sea una espiral dialéctica, con otros y en libertad para elegir? Cuando el miedo a la muerte está tan presente, se diluye el sentido que le dimos a la vida; se apaga el ímpetu frente a la adversidad, los sueños se vuelven pesadillas y el desencanto de vivir un día más en confinamiento se vuelve cada vez más parecido a la melancolización: lo mejor fue en el pasado, pero… ¿fue mejor? ¿O fue tan sólo una ilusión? ¿Acaso estaremos atravesando la caída de una ilusión y el miedo que despierta es a conocer lo desconocido? Experimentar la decepción supone haber tenido una creencia. Es haber tomado el riesgo y haber perdido; pero ese tiempo y la decepción pertenecen a la infancia. El niño es decepcionado pero persiste en su esperanza. “La decepción es la vuelta al mundo real; es una caída –al decir de Anne Dufourmantelle- de la que a veces uno no regresa. La vida es un riesgo que sin considerarlo, nosotros corremos. Tal vez arriesgar la vida sea, para empezar, no morir en vida bajo las formas de renuncia, depresión, y sacrificio”.

La realidad nos enfrenta hoy con la búsqueda de un sentido: aprender a diferenciar entre “perder el tiempo”, “aprovechar el tiempo” o dejar que pase… en cada escenario aparece con intermitencia otra cara del miedo: ¿y si no tengo tiempo? En eso consiste justamente lo incierto: el tiempo sólo se tiene cuando se da. Cada uno de nuestros viajes, de nuestros intentos de escapar del aburrimiento, de la repetición de lo mismo, mantiene un vínculo con el miedo. ¿Miedo a tenerlo o a perderlo? Casi a contra-vida tenemos miedo a ser abandonados, a ser traicionados, a ser amados, a no poder amar y a no ser amados, tenemos miedo del frío, del hambre, de estar solos, de que la vida pase y no pase nada… Tememos hacer la experiencia de la vida. Correr el riesgo de no morir plantea la pregunta ¿Qué nos hace vivos? ¿Qué nos hace capaces de dar el tiempo? ¿Qué nos habilita a voltear y enfrentar esa parte no colonizada de nosotros mismos?

Ya no queremos morir. De evidente y omnipresente la muerte se ha vuelto escandalosa. Una burla a nuestros esfuerzos por conseguir la felicidad a cualquier costo. Entonces ¿de qué manera arriesgarse a no morir en vida? Porque muertos estamos frecuentemente en pequeñas dosis de alienación a una vida que no logramos habitar porque nos arrasa, nos atropella y a cambio dejamos el alma. Pero no hay pacto Faustino. El diablo abandonó el lugar. Ya no le interesa porque lo que nos atormenta es la vida. Atreverse a soñar es un acto vital como el amor: no lo tenemos hasta que lo hacemos, de lo contrario al igual que el tiempo, sólo pasa… Y el despertar de los miedos nos anoticia que una crisis no siempre es un quiebre. También es una oportunidad: la de voltear y enfrentar –poner en frente- el pasado en forma inédita. Despertar del sueño drogado en melancolizaciones y tomar el riesgo de “la locura de creer contra todo dogma que detrás de uno hay una reserva de libertad que no se parece a ninguna otra” (A. Duformantelle)

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