Prefiero tener razón, aunque me vaya mal
«La verdad tiene estructura de ficción”, pero el goce que se extrae de ella es profundamente real.
El enunciado «Prefiero tener razón, aunque me vaya mal» expresa una de las paradojas de la experiencia subjetiva: la satisfacción que el sujeto encuentra en su propio padecimiento cuando este confirma su posición frente al mundo.
Esta particular frase no es la consecuencia de una simple muestra de terquedad, es una declaración fantasmática de principios y una manifestación de la pulsión de muerte.
El sujeto no busca necesariamente lo que en términos biológicos o sociales conocemos como «bienestar» o «felicidad», más bien se sitúa en un más allá del principio del placer donde se encuentra una dimensión que Lacan nombró goce (jouissance).
Cuando alguien sostiene que prefiere «tener razón» a pesar del fracaso o del malestar, está privilegiando la consistencia de su construcción yoica. El «tener razón» funciona como un cierre de sentido que protege al sujeto de la angustia ante lo inesperado. Hay un goce, un placer amargo, en poder decir: «¿Ves? Yo sabía que esto iba a terminar así». En ese punto, el fracaso no es una pérdida, es una confirmación.
Para el psicoanálisis el fantasma es la pantalla a través de la cual el sujeto se relaciona con la realidad que incluye su modo singular de situarse frente el deseo del Otro. Esta estructura le otorga un lugar en el mundo, aún cuando ese lugar pueda ser doloroso. Se hace comprensible la fijeza subjetiva que hace que cambiar, aunque sea para que a uno «le vaya bien», implica renunciar a la identidad que le provee el síntoma. El sujeto va a preferir el «malestar» —la pérdida de dinero, de pareja o de salud— antes que la caída de su verdad subjetiva. El costo del éxito es, en ocasiones, la pérdida de la razón, es decir, la propia castración y el encuentro con la falta en el Otro.
El sujeto convertido en «mártir de su propia certidumbre», prefiere ser el objeto descartado por el mundo, pero mantener intacta la integridad de su juicio, a ser un sujeto que se arriesga a la contingencia de la vida donde «tener razón» es, la mayoría de las veces, imposible.
El análisis no busca que el sujeto «tenga razón», sino que pueda interrogarse sobre su ganancia en el «malestar». La apuesta lacaniana apunta a desarticular esa fijeza del fantasma para que el sujeto pueda pasar de la verdad estática que lo condena a una verdad que circule, permitiéndole una nueva relación con el deseo, menos costosa y mortífera.


